Algunos artículos de Ponce en diferentes medios.

 


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UN GÉNERO LLAMADO X  (Publicado en Muevo Fotogramas)
 
Cuenta Richard Brooks que su primer maestro en Hollywood le prestó un par de películas porno mientras le recordaba que lo importante a la hora de colocar la cámara era que se viese lo que se tenía que ver, es decir, la acción. Y no hace mucho, un afamado director catalán me reconoció, en privado, que la mayoría de sus colegas sentían sana y libidinosa envidia por quienes nos dedicamos al género para adultos.
Sirvan estos ejemplos para demostrar el interés que el cine X puede llegar a despertar entre los profesionales, en evidente contradicción con la mala imagen que se difunde a través de los medios de comunicación, el desprecio con el que lo tratan los críticos y hasta la vergüenza que provoca en algunos consumidores.
Ignorado, vilipendiado y censurado (no olvidemos esa retorcida forma de control que es la censura económica), el porno sobrevive (o mejor, malvive) entre el vídeo doméstico y las televisiones de pago, convirtiendo la penuria de medios en nuevas formas de expresión visual y contribuyendo, a su manera, a afianzar una estética que, una vez deglutida y despojada de sus aspectos sexuales, entra a formar parte de nuestra vida cotidiana, a través de la publicidad, cierta televisión de moda y, sobre todo, de los vídeos musicales.
Porque, curiosamente, el mayor reproche que recibe el género suele estar relacionado con la presencia de sexo explícito -su verdadera razón de ser- y la ruptura narrativa que conlleva. Sin embargo, despojarle de ese aspecto carnal y carnoso equivaldría a eliminar las canciones y el baile en una comedia musical. Y una vez entendido esto, no debería ser difícil asumir que una buena escena de sexo debe tener su propia tensión interior, su ritmo, su gramática visual, su proyecto estético. Exactamente igual que una buena escena de acción, o de baile, o de miedo.
                                                                            
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EL HOMBRE QUE MIRA A LOS CAMALEONES  (Publicado en Interviú)
 
Mi primer contacto con John Leslie fue telefónico. Renunció al billete de avión que el festival de Barcelona le ofrecía y aceptó el premio de honor del certamen con la única condición de pagar sus gastos. Toda una declaración de principios de un hombre empeñado en defender que el suyo es un trabajo más y del que, visto de cerca, nadie diría que lleva décadas poniendo en cuestión las teorías que relacionan el cine para adultos con la tosquedad y la torpeza.
Culto, elegante, extremadamente cortés, John Leslie es la antítesis de lo que la gente piensa que es un director de cine porno.
Cuando a mediados de los ochenta, en ese territorio fronterizo marcado por la irrupción del vídeo, Leslie se atrevió a exprimir a Tori Welles, ni ella misma debía saber la fiera sexual que llevaba dentro. Pero, si “Chamaleons” hizo grande a esa chica guapa y osada, amiga de todo tipo de excesos, también sentó las bases de lo que iba a ser el cine para adultos de los años siguientes. Y es que el de Leslie es un cine apoyado en la fuerza visual, reñido con el diálogo innecesario (por cierto, uno de los reproches más estúpidos que se le hacen al género erótico), profundo en el contenido (a todos nos gustaría ser camaleones en nuestra vida sexual), pero epidérmico y jugoso en el continente. Carnal, visceral, atrevido y duro. Como la vida misma, como el sexo mismo. 

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CELEBRANDO EL TACONEO  (Publicado en Tacones Altos)

Me pide Luis Vigil, amigo y maestro, que escriba unas líneas para el número 150 de su –nuestra- Tacones. Y es curioso, porque éste jubilado de la escena que les escribe anda estos días haciendo un reportaje sobre eso que ahora creo que se llama BDSM para una revista de las que llevan el apellido de generalistas. Y allí dónde va el periodista, a entrevistar o a simplemente a charlar. Allí dónde el curioso intenta descifrar esa sopa de letras, ese cúmulo de desmesuras, de facciones, esa guerra de guerrillas en la que parece andar sumido este, antaño sano, ambiente,  siempre se encuentra con un ejemplar de Tacones Altos sobre la mesa.
Y es que, al final, por encima de los fundamentalistas del cuero y la mazmorra, de los talibanes del fetichismo y de los ortodoxos del consenso, de las meretrices de ida y vuelta y de los mesiánicos virtuales, al final, quedamos los de siempre.
Porque nos gusta y porque nos divierte.
Larga vida a Tacones Altos.
 
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MIS PERVERSIONES FAVORITAS

Texto escrito para la Semana Internacional de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián.

Publicado en la revista 2000 Maniacos.

 

My Generation

 
No lo tuvo fácil mi generación. Pervertirse en aquellos tiempos del nacional catolicismo era poco menos que un milagro. Y no es un chiste fácil. Había que ser muy optimista y perseverante para rebuscar y encontrar algo que llevarse a la boca entre los despojos de la feroz censura. No obstante, mi calenturienta memoria recuerda con inesperado placer cierta escena de “Las hijas del Cid” en la que las  dos jovencitas del título eran cruelmente azotadas por sus desaprensivos maridos. La imaginería religiosa y la excusa histórica propiciaban imágenes castas, pero morbosas y, con un poco de suerte, no era difícil que en las oscuras tardes de la Semana Santa franquista, cayese una epopeya bíblica de Cecil B. De Mille repleta de esclavas o algún peplum cargado de martirios.
Lo propiamente carnal quedaba en manos de alguna descocada italiana, como la estallante Silvana Mangano de “Arroz Amargo” o la gitana ardiente y sensual encarnada (nunca mejor dicho) por la rotunda Gina Lollobrigida.
Poca cosa para alimentar las fantasías eróticas de la pubertad.
 
 
Los no tan felices 60
 
La ola de erotismo que nos invadía (a decir de los responsables políticos de la época) no llegó a invadirnos nunca. Algunos bikinis en las playas, alguno en las pantallas y, quizás lo más reseñable: la creación de las salas de arte y ensayo, un limitado reducto en versión original en el que el censor se mostraba ligeramente más magnánimo con el sufrido espectador de los sesenta.
En aquellas salas, a menudo vacías, tuve mis primeros arrebatos libidinosos viendo a Sue Lyon bailar el aro, o dejarse pintar las uñas de los pies a manos de un sumiso James Mason (Lolita). Y, siguiendo con los fetichismos más inocentes, no tengo más remedio que recordar entre oleadas de placer a  Jeanne Moureau, vestida de doncellita, enamorando al señor de la casa con sus negros, brillantes y afilados botines (Diario de una camarera).
Pero no todo era tan inocente en las salas especiales. A menudo se colaban  inquietantes propuestas, retorcidas y malsanas, que pasaban desapercibidas al torpe censor.
Como el oscuro voyeurismo de “Peeping Tom”, con aquella modelo cuya cara estaba adornada por un pustulento forúnculo; o la  ambigua sexualidad de “El Doctor Jekyll y su hermana Hyde, un ejemplo de cómo la Hammer estaba dispuesta a jugar también con una simbología marcadamente sexual.
Poca cosa, si consideramos que en el resto del mundo civilizado ya estaba de moda el cine underground de Warhol y Mekas y que Russ Meyer y, en general, el sexploitation vivían sus momentos de gloria.
Por mi parte, ante las dificultades para pervertirme en el plano audiovisual, procuraba alimentar mi espíritu con lecturas tan edificantes como las “Obras completas” del Marqués de Sade o la Histoire d´O, de Pauline Réage, conseguidas ambas en clandestinas ediciones mejicanas, que circulaban por las librerías de dudosa reputación.
 
 
Muerto el perro, se acabó la rabia
  
La desaparición de la dictadura propició la llegada de un aluvión de películas que hasta ese momento habían estado prohibidas. Son cintas que, en algunos casos no han resistido el paso del tiempo y en otros han sido injustamente olvidadas. En mi cabeza se agolpan (sin orden cronológico) imágenes y escenas  de películas legendarias y de infectos bodrios de serie inclasificable: La descalza carnalidad de BB en “…Y Dios creó la mujer” (Roger Vadim), la ingenuidad morbosa de Charlotte Rampling en “El portero de noche” (Liliana Cavani), la frialdad castigada de una Catherine Deneuve, divinamente azotada en la escena inicial de “Belle de Jour” (Luis Buñuel), la insulsez de Corinne Clery en la esteticista “Historia de O” (Just Jaeckin); la doble personalidad erótica de Bulle Ogier en “Maitresse” (Barbet Schroeder),  pero, también, la andrógina belleza de Ajita Wilson, enjaulada en “Orinoco, paraíso del sexo”, la dulzura de Therese Ann-Savoy en “Salon Kitty”,  la casposa crueldad de Dyanne Thornne como la brutal Ilsa  de “La hiena del harén” o de “La tigresa de Siberia” y la virtud castigada de la infortunada Alice Arno en “Justine de Sade. Y, naturalmente, la humillada Sirpa Lane de “La svástica en el vientre”…películas cultas, algunas; de culto otras; subproductos, la mayoría, pero películas que consiguieron, ahora sí,  pervertir (y alegrar) el final de mi adolescencia.
 
 
Cuentos inmorales en conventos con bellas (y bestias)      
 
Heredero de esa corriente tan francesa de situar el erotismo en ambientes aristocráticos y/o religiosos, Valerian Borowczyk, un decadente director de origen polaco y cultura gabacha, supo mantener las distancias, alejándose del edulcorado cine oficial al uso, para introducir en sus películas malsanos ambientes, proposiciones perversas y argumentos inquietantes, aunque, eso sí, diluidos por el humor y un cierto distanciamiento sexual. No en vano, Borowczyk abusaba demasiado de la masturbación onírica para justificar sus (a menudo) escabrosas escenas. 
Con Borowczyk  me encontré  en “Cuentos Inmorales”, una sucesión de fábulas, alguna de ellas tan arriesgadas como la protagonizada por Paloma Picasso sobre el personaje de la condesa Bathory, origen del mito del vampirismo, a decir de muchos. Y me gustó.
Si en “Interior de un convento”, Borowczyk había dejado destellos de una afición por el ritual morboso y la humillación femenina, en el primer episodio de los “Cuentos”, nos deleita con una chica obligada por su novio a satisfacerle con su boca. Después, eso sí, de humillarse quitándose la ropa interior bajo su vestido transparente y caminando descalza por una playa llena de puntiagudos guijarros. Símbolos, detalles y matices que el director lleva hasta el final, al relacionar el orgasmo del joven con el movimiento de la marea.
En “La Bestia”, a mi modo de ver, su película más completa y explícita, Borowczyk lleva hasta sus últimas consecuencias estos planteamientos. Y no se corta un pelo a la hora de regar la pantalla de pringoso semen animal, o de jugar a masturbaciones con los pies o de clavar las garras en el muslo de la protagonista (un delicioso arañazo que, si no recuerdo mal, formaba parte del cartel del film). Sí, decididamente, este tío me gustaba mucho.
 

Deslizamientos progresivos hacia el placer
 
De Alain Robbe-Grillet sabía lo que casi todo el mundo: que había sido guionista de Alain Resnais y uno de los fundadores del llamado nouvelle roman, cuando me encontré, a finales de los setenta, en un cine de programa doble con “Deslizamientos progresivos del placer”, una película hermética y hermosa, llena de flagelaciones repetitivas y obsesivas. No la he vuelto a ver y mis recuerdos, más de veinte años después, son vagos e imprecisos, aunque en mi memoria ha quedado como una pequeña obra maestra.
 
 
Todo queda en familia
 
Con Jess Franco tengo la sensación de formar parte de su familia. Sin embargo, tengo que reconocer que, comparativamente, mi relación (siempre amorosa) con el tío Jess comenzó bastante tarde.
Encandilado por una espalda de mujer cruelmente azotada (99 mujeres) y decepcionado por la blandura de la película, me aparté del cine de Franco, influenciado quizás por los sesudos críticos de Fotogramas que, por aquel entonces, vilipendiaban su obra.
Por lo tanto, mi contacto real con el cine del tío Jess se produce ya en plena eclosión del llamado cine S. A partir de ahí, todo un trabajo de recuperación hasta dar con “Necronomicón”, sus primeros títulos sobre Sade y, ya rendido, admirar sus espléndidas “Macumba Sexual”, “Sadomanía”, “Botas negras, látigo de cuero”, “Eugene, historia de una perversión” y el largo etcétera que está en la mente de todos.
Al final de los noventa estuvimos a punto de hacer juntos “Tender Flesh”, con Lina Romay y María Bianco, lo que no habría dejado de tener su gracia, pero los de Filmax no quisieron producirla y el viejo tío Jess, mucho más despierto que yo, la hizo con los yankees.
 
 
Mucho bacalao en Bilbao
 
El Bigas Luna de “Bilbao” merece capítulo aparte. No sé cuantas veces la he visto, pero para mí es uno de los momentos cumbre del cine erótico español. Y es que no sólo filmó Barcelona de noche y el Barrio Chino como nadie, sino que además retrató el morbo como nadie.
Película ambiental y climática, claustrofóbica y obsesiva, “Bilbao” se recrea con inusitada fuerza visual en el retorcido y morboso erotismo de su protagonista masculino. La insinuación seudo porno de la chica del secador o el carácter simbólico de la leche derramada por los muslos de María Martín, tienen su brillante culminación en el rasurado de pubis de Isabel Pisano, atada y abierta de piernas. Una obra maestra del cine español de todos los tiempos y de cualquier género.
 
 
Duros de pelar
 
Mi primer contacto con el llamado porno duro (una perversión de la que he hecho profesión) se produjo como tenía que ser, con los grandes clásicos americanos del género. Desde entonces, ellos han sido mi referencia y siempre que voy a empezar una película procuro ambientarme con algo de Gerard Damiano.
El cine X europeo me llegó más tarde. Primero la famosa “Exhibition”, basada en la vida de la actriz Claudine Beccarie, más tarde algún Max Pecas y la muy popular y divertida “Le sex qui parle”. No obstante, el porno francés siempre me ha parecido sobrevalorado y prefiero pervertirme con las vampiras desnudas de Rollin, especialmente con sus títulos clásicos “Le frisson des vampires”, Le viol du vampire” y “Levres de sang”, títulos en los que el francés juega y bien con algunas de mis obsesiones eróticas favoritas.

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MALAS PORQUE SÍ  (Publicado en Primera Línea)
 
 
Nadie se acuerda de las buenas chicas. Peor aún, casi nunca se mira a las chicas buenas.
La leyenda erótica femenina se sustenta sobre diferentes formas de maldad: a veces, adornada con dosis de ingenuidad; a menudo, envuelta en humo de tabaco y vahos de alcohol; casi siempre, alumbrada por luces tenues y contrastes de blanco y negro; y, últimamente, vestida de cuero negro o de vinilo brillante.
Sostiene el maestro Berlanga que es más erótico vestir a una mujer que desnudarla, y debe de llevar razón. La magia de las medias de nailon y los tacones de aguja forman parte de la  imaginería erótica masculina; son adornos imprescindibles, el toque de perversidad necesario para hacer de la piel algo deseado y deseable. Las exquisiteces eróticas demandan alimentarse con la mirada, y la pupila necesita transmitir la corriente eléctrica del deseo; así pues, nada más deseable que la imagen previa del pecado. El objeto del deseo se vuelve más sensual y seductor si amenaza con una imagen perversa y maligna. La devoradora de hombres, la mujer fatal, basa todo su poder en la certeza de que domina la maldad. Y me gusta.
La estética del fetichismo tradicional, esa que nos recuerda a las malvadas matronas de Stanton o a la perversa ingenuidad de Gwendoline o a las mujeres objeto de Allen Jones, transforma en cotidiano lo perverso. Las diablesas de charol brillante que pueblan la noche cosmopolita de nuestras ciudades provocan eróticos escalofríos cargados de nostalgia, como aquellos denominados pastelitos de queso de las revistas de los años cincuenta, cuando Betty Page era la reina de la picardía. Con sus botas negras, sus collares adornados de clavos, sus medias de malla y sus corsés de plástico refulgente, las malas de ahora mismo incendian salones y discotecas. Con su desparpajo erótico llenan el ambiente de un erotismo cargado de tintes de crueldad y se convierten en herederas de la seductora total: exigentes, malvadas, fatales.
A mí me gustan así, malas. Malas por las buenas, malas porque sí.
 
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PORNO AL PESO (Publicado en Pornoticiero)
 
Hace unos días leí con asombro el comentario de un auto denominado director sintiéndose muy contento por que en tres días de trabajo había rodado 65 escenas. De locos. Desconozco la duración total del material grabado, pero si consideramos que entre preparativos y otras zarandajas el rodaje de una escena simple y sin complicaciones lleva un mínimo de una hora, parece evidente que el amigo director o trabaja las veinticuatro horas del día o rueda escenas como el que hace churros. Y mucho me temo que no es el único y que incluso hay algún otro que –vistos los resultados- es capaz de rodar aún más deprisa.
No estoy en contra de los subgéneros basados en el tiempo real, en las escenas sin montaje ni cortes, en el realismo sexual por encima de todo. Hay cosas que John Leslie o Stagliano hacen muy bien, pero que en manos de otros se convierten en verdaderas chapuzas. Y es que una película puede hacerse de muchas formas utilizando la infinita cantidad de recursos técnicos y narrativos que ofrece la cinematografía. Hoy día tenemos la suerte de poder hacer una obra de arte con un teléfono móvil. Las nuevas tecnologías posibilitan trabajar de forma libre, atentos a las ideas y con unos costes muy reducidos. El sueño de cualquier artista.
Una vez al mes proyecto en un espacio de Madrid piezas cortas, eróticas, vanguardistas, algunas con sexo explícito, pero todas con un alto nivel de calidad. No defiendo el erotismo acaramelado y pastelero y quienes me conocen saben de sobra que no tengo precisamente inclinación hacia el sexo vainilla, pero creo que cualquier acto creativo –y el porno debería serlo- requiere de unos planteamientos estéticos y conceptuales. Es necesario saber qué se quiere hacer, cómo se va a hacer y adónde se quiere llegar. Y resulta obvio que con ese ritmo de trabajo pocos preceptos se pueden atender. 
Más aún, presumir de cantidad y no de calidad y sacar pecho simplemente por el volumen rodado sólo refleja el profundo desprecio que esta gente tiene por el porno en particular y por el cine en general.
 
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AMARNA Y LA PSICONAÚTICA
 
Amarna Miller vive un momento dulce, no hay duda. Y no sólo en el ámbito la pornografía, sino también en el de la cultura y la comunicación mediática. Invitada al CCCB (Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona) en el marco de un festival de perfil alternativo, entrevistada en un programa de televisión a caballo entre la cultura y el cotilleo, pero con un indudable tirón popular, protagonista de un artículo de Paco Gisbert, pope del periodimo especializado, en esta misma página y, ahora, autora de un libro -“Manual de Psiconaútica”- en el que en sus propias palabras esta todo lo mejor y lo peor de su vida.
Estuve hace unos días en la presentación en Madrid del libro: local de moda, puesta en escena en apariencia descuidada, pero actual, presentador de lujo (editor de la revista Mongolia), prologo de Nacho Vigalondo, epílogo de Luna Miguel y masiva presencia de público joven y moderno. Todo un éxito que, además, deja bastante claro que el personaje Amarna trasciende el espacio pornográfico para entrar en el territorio de la intelectualidad popular, la vanguardia artística y la alternativa mediática. Y me alegro.
Soy un admirador -además de amigo- de Amarna. Ya era hora que el mundo del porno ofreciese a la sociedad un discurso al margen de la colección de tópicos banales que tanto envilecen el mensaje de la pornografía.
Por lo demás, que nadie se lleve a engaño. Lo único pornográfico que hay en el libro es esa capacidad de desnudar sentimientos y sensaciones de la que hace gala la autora. Un viaje a su interior desarrollado a través de fotografías íntimas (que no eróticas) y de mensajes directos o subliminales, según el caso.
Un libro que, además, es un objeto bonito, un libro que invita a volver a su lectura para recuperar aspectos no descubiertos en el primer repaso, un libro que invita a la reflexión; a ratos poético, a ratos onírico, casi siempre lúcido.
“A través de este manual podéis descubrir un trocito de mi topografía interior, mis bosques, mis montes, mis llanuras. Mis laberintos.
Si os habéis decidido a recorrer este camino conmigo, bienvenidos. Estas son las puertas de mi mente”.
Pues eso, que nadie mejor que la autora para definir su trabajo.
 
José M. Ponce
 
Manual de Psiconaútica.
Amarna Miller.
Editorial: Lapsus Calami.
www.lapsuscalami.es
 
 
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A. GRAELL
POR AMOR AL ARTE
 
La barba de Antonio Graell forma parte por derecho propio de la iconografía del erotismo español. Una carrera de más de veinte años sin renunciar ni a sus principios ni a su look lo justifican sobradamente.
Aunque suele acusarme de ser su descubridor, Antonio Graell se descubrió a si mismo cuando decidió abandonar sus trabajos alimenticios para dedicarse en cuerpo y alma al erotismo fotográfico como una de las bellas artes. Y es cierto que cuando presentó en la sexta edición del FICEB “En la frontera” -su primera exposición- yo pasaba por allí.
Aquella exposición realizada en un sobrio y analógico blanco y negro, sirvió de punto de partida y tarjeta de presentación para el recién llegado autor. La exposición cosechó un notable éxito de crítica y público, aunque, también es cierto, su trabajo recibió acusaciones de ser algo blando, polémica que Graell justificó aludiendo al título del trabajo, es decir, un elemento fronterizo entre el erotismo suave y delicado de las imágenes y la dureza visual propia del sadomasoquismo. Planteamientos estéticos y morales que el fotógrafo ha mantenido a lo largo del tiempo, aunque añadiendo elementos experimentales muy poco frecuentes en la fotografía erótica, espacio de creación en el que los experiementos, si se hacen, se hacen con gaseosa.
Antonio se atrevió a convertir la pantalla del ordenador en una especie de negativo gigante para realizar por contacto imágenes en las que se mezclaba lo digital y lo analógico en una simbiosis artística que debería haber recibido mayor atención mediática. A aquella cosa extravagante, pero consistente en su discurso, le puso el nombre de “La Halurización del Pixel”, una forma como otra cualquiera de esconder lo valioso del trabajo con una manera de comunicarlo poco legible para la mayoría del público. Cosas de artistas.
De ahí a iluminar las imágenes con fuego sólo había un paso. Y Graell lo dió con “Light Fire”, una recreación erótica y diabólica de ciertas mitologías, con el fuego como único elemento lumínoso. De hecho, realicé el making off de una espectacular sesión realizada en plena Plaza de Castilla de Madrid para dejar claro ante las masas que no había otra fuente de luz que no fuese el fuego. Y hasta cedí mi estudio, a riesgo de que terminase ardiendo, para uno de sus fogosos experimentos. Todo sea por la causa.
En el momento de escribir estas líneas, Antonio Graell ha recuperado uno de sus trabajos más espectaculares -Crucifixión Siglo XXI- sorprendente mezcla de erotismo, religión, bondage, vanguardia y espectáculo- en forma de cuidada exposición para “Los Placeres de Lola”, emblemático espacio del erotismo madrileño.
Sobre el trabajo de la chica crucificada y suspendida existe también una delicada miniautura, en forma de libro, que puede adquierirse en la misma exposición y creo que también a través de la página web del autor.
Por lo demás, Graell anda lleno de proyectos sobre los que de momento no quiere hablar. Doy fe de que todos ellos son originales y sugestivos, pero están sujetos a la correspondiente financiación, el verdadero talón de Aquiles del arte erótico.
De la lamentable situación que viven los artistas eróticos españoles Antonio Graell es todo un ejemplo. Mucho talento y escasa respuesta económica.Y no me refiero a una atención financiera por parte de las instituciones, sino directamente de la industria. Si hubiese un mínimo criterio por parte de los responsables de productoras y editoriales, artistas como A. Graell enriquecerían el mundo adulto con su imaginación y su talento. Pero, claro, esa ya es otra historia.
 
 
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CARTELES CON X

 
Hace unos días esta misma página se hacía eco de la noticia del cierre del cine Alba, la última Sala X de Madrid. Demasiado ha durado. La Ley del Cine de Pilar Miró condenaba a estas salas especializadas a una muerte anunciada y sólo sobrevivieron, en su función de difusión y proyección del cine para adultos, mientras pudieron recuperar a los grandes clásicos (inolvidables las colas cuando se proyectó “Garganta profunda”) y hasta que el vídeo se convirtió en un electrodoméstico más de la casa. Pero la propia ley cuestionaba ya la posible supervivencia de las salas con una normativa exageradamente estricta y una normativa que las situaba en clara desventaja sobre sus hermanas convencionales.
Entre los muchos disparates de esa ley figuraba un apartado en el que se prohibía cualquier tipo de imagen o cartel de las películas proyectadas, con independencia de que su contenido fuese explícito sexualmente o no. Es decir, se prohibía cualquier promoción visual del contenido del film y se eliminaba un componente -el cartel o el programa de cine- consustancial a la actividad comercial de la cinematografía, elemento de indudable creación artística reconocida y motivo de colección fetichista de cinefílos de todo el mundo.
Sin embargo, cosas de la vida, esas mismas restricciones han elevado a la categoría de arte unos ingenuos carteles artesanales realizados a lo largo de varios años por Rafael Sánchez, proyeccionista, encargado de las luces y de la electricidad del cine Alba.
“Un día me metí en un cuarto y empecé a fantasear con los títulos”, afirma el ahora reconocido artista. Sus herramientas: unas cartulinas blancas y un puñado de rotuladores Edding 3000. Y en sus contenidos, títulos tan sabrosos como: “Ensalada en colegio femenino, que no falte el pepino”, “Me fui al baño y me hicieron un apaño”, “Moviendo el culito los traigo loquitos” o “Detective, su lupa y una mujer muy puta”.
El éxito de esta peculiar cartelería comenzó a vislumbrarse cuando un guía turístico emepzó a detenerse con su grupo ante las vitrinas del cine. Después, algún que otro medio de comunicación (más interesado en la anécdota del morbo que en otra cosa) y, fianlemente, una galería de arte en toda regla -Gunter Gallery- y una exposición en La Factoría de Papel, una muestra que ha debido ser prorrogada y en la que los originales se venden a un mínimo de 150€ cada uno.
Es raro, muy raro, que algo relacionado con el porno adquiera categoría de arte. Y no deja de ser paradójico que mientras algunos clásicos del género se proyectan sin dificultad en filmotecas de medio mundo, su exhibición esté rigurosamente prohibida en el resto de las salas. Pero, en una curiosa vuelta de tuerca, ha sido precisamente la prohibición el detonante de esta obra de alguna manera insólita. Si, como sostenía McLuhan, el medio es el mensaje, el trabajo humilde y desinteresado de Rafael Sánchez cuestiona desde la vitrina de un modesto cine las limitaciones impuestas a la creación pornográfica.
Termino con unas palabras del autor: “La vida es un sueño y mi sueño es un cine de sesión continua en el que se apagan las luces y nunca acaba la función”. Bonito, muy bonito.
José M. Ponce.
 
 
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EROSDOWN

REGRESO AL CINE
 
No seré yo quien entre en la esteril polémica de establecer diferencias entre erotismo y pornografía. Y menos aún hablando de cine. Aunque suene a tópico, soy de los que creen que hay películas buenas, regulares y malas, con independencia del género. Y eso mismo se puede aplicar a esas escenas cortas tan de moda ahora en el porno mundial. Pero sobre esas escenas y las muchas posibilidades despreciadas por sus autores hablaremos en otro momento.
Lo que no puedo ocultar es mi debilidad por los tiempos en los que el cine, incluido el erótico y el porno, era eso: cine. Los clásicos del porno, desde los hermanos Mitchell hasta Damiano fueron alimento imprescindible para mi cultura cinematográfica y para mi formación como director. Y aquellos gloriosos años en los que el cine erótico llenaba las carteleras bajo la etiqueta “S” contribuyeron notablemente a mejorar mi vida adolescente. En cuanto a mi carrera profesional debo reconocer que tengo una impagable deuda con esa letra absurda que alumbraba los proyectores de la época de La Transición. Sobre estas películas y su incidencia en la sociedad española de ese tiempo escribí un libro -”El Destape Nacional”, editado por Glenat y creo que actualmente agotado.
Desgraciadamente, los cambios sociales y las nuevas reglas en materia de censura, junto a los inevitables avances tecnológicos, contribuyeron de forma cruel e inevitable a acabar con aquellas películas baratas y a menudo disparatadas en las que se celebraba, eso sí, la cultura de la liberación sexual en todas sus variantes y vertientes. No en vano, el mundo acababa de vivir la década prodigiosa y, en nuestro país, empezábamos a respirar nuevos aires de libertad.
Es probable que nombres como Walerian Borowczyk, Joe D´Amato o Jean Rollin, por sólo citar a tres de los grandes, no le digan nada a los jovenes consumidores del porno actuall, pero forman parte de la historia del cine y ocupan un lugar muy especial en mi ideario cinematografico. A su lado, algunas heroinas míticas como Laura Gemser, Karin Schubert o Ajita Wilson que merecen, sin ningún género de dudas, algo más que un vistazo a su filmografía.
Desde Erosdown, blog dedicado a ensalzar las virtudes del erotismo en 35 mm.se ofrece una amplia selección de películas de diferentes procedencias y variados autores, unidas por el denominador común de recuperar esas ya viejas cintas de celuloide, belleza y morbo. Películas que rinden culto a casi todos los mitos eróticos, desde la vampira a la reclusa, de la sueca en top-less a la ingenua secretaria de minifalda y tacones altos Cintas con mucho teta y chistes baratos, con casquería sadomasoquista y sexo fingido, películas cutres casi siempre, pero cargadas de fetichismos y lujuria y con alguna que otra obra maestra escondida entre sus listados.
Erosdown tiene clasificadas las búsquedas por país década, título y autor. Y añaden material gráfico, una completa sinopsis, fichas técnicas y enlaces de descarga, gratuitos o premium. Basta suscribirse a su newsletter para recibir periodicamente puntual información sobre últimas novedades y su amplio catálogo..
 
 
 
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SEXO EN RIO (2)
 
Ha llovido mucho desde que John Stagliano y sus huestes invadían Rio de Janeiro para grabar memorables películas con todo tipo de personajes alternativos, especialmente travestis y transexuales, con destino a la serie de Buttman, el hombre que adoraba los culos. Nacho Vidal, protagonista de alguna de esas producciones, podría dar testimonio de la época. Pero la sombra del HIV empezó a planear sobre la ciudad (y sobre el proprio Stagliano) y el porno brasileño tuvo que renunciar a la inestimable aportación, en forma de sabrosos dólares, de la industria norteamericana. Eran otros tiempos.
Sin embargo, el mundo transexual sigue muy presente en la noche de Rio, sobre todo en el mundo de la prostitución. Basta con echar un vistazo a las cabinas telefónicas para comprobar que una buena parte de las anunciantes son personas que han cambiado de sexo. Y, sin recurrir a los teléfonos, basta con darse un paseo por la zona de Lapa, el barrio de Gloria o las playas de Barra de Tijuca para contactar con ellas en vivo y en directo.
La prostitución heterosexual, en cambio, sigue operativa, aunque escondida, sobre todo en los alrededores de Copacabana e Ipanema. Espacios en los que las fortunas brasileñas se desenvuelven con soltura.
Sin embargo, en una sociedad aparentemente muy conservadora como la carioca, el mundo gay parece disfrutar de respeto y buena consideración. La playa de Ipanema tiene un área abierta al mundo homosexual y en Rio abundan los hoteles para caballeros que funcionan durante 24 horas y cuyas habitaciones pueden alquilarse en pequeños espacios de tiempo. Todo muy alejado de otras zonas de Brasil (Sao Paulo, sin ir más lejos) donde las manifestaciones homófobas son desgraciadamnete frecuentes y extremadamente agresivas. Y agresivos deben ser algunos chicos cuando los ferrocarriles del Estado de Rio ponen vagones para uso exclusivo de las mujeres. Pregunté y me contestaron que era sólo para evitar acosos. Los vagones exclusivos funcionan sólo de lunes a viernes, es decir, cuando se supone que viajan más llenos.
Y claro, el carnaval calienta especialmente las calles y las noches de Rio, aunque no tanto como se supone en el hemisferio norte. Más que en el sambódromo oficial, el sexo se manifesta de forma espontanea en la multitud de acompañantes de los cientos de blocos que desfilan por toda la ciudad. Y, claro, casi siempre con el mundo gay como protagonista. En el apartado oficial me toca destacar a Mocedade Independente, escuela de samba que se atrevió a pasear por el sambódromo desnudeces totales con genitales escondidos unicamente tras las manos.
En un país donde las contradicciones son una constante, la actitud ante el sexo no es una excepción. Y el humor carioca se pone de manifiesto casi a cada paso. Por ejemplo, dos edificios de Nova Cidade, construidos al lado del mismísimo ayuntamineto, reciben el nombre de “piranhao “y “cafetao”, en alusión al nombre con el que se denomina en la ciudad a prostitutas y macarras. Tanto el ayuntamiento como los edificios en cuestión fueron construidos en una zona donde se ejercía la prostitución de forma abierta hasta que las ordenanzas municipales les obligaron al desplazamiento forzoso.
Y mucho de humor carioca, o eso espero yo, debe haber detrás de la pintada solicitando la legalización de la necrofilia que me encontré en el centro de la ciudad.
 
 
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XARO CASTELLÁ
Fotos de ayer (para gente de hoy)
 
Conocí a Xaro Castella cuando una simpática y atractiva jovencita me entregó una sugestiva tarjeta de visita con la leyenda “Lolita Cañón at your service”. Yo dirigía una de las primeras ediciones del FICEB, durante el recordado periodo en el que el festival aún habitaba el Poble Espanyol de Montjuic ,y ella acababa de llegar desde Valencia para dejar claro que estaba ahí para quedarse, pero también para poner su granito de arena.
Aquella jovencita escondida tras el seudónimo de Lolita Cañón se convirtió pronto en una colaboradora habitual del certamen y ella fue la comisaria responsable de la mejor Mostra d´Art que nunca realizó el festival. Una amplia muestra del arte de vanguardia del momento, un completo y artístico catálogo y una puesta en escena de la exposición que hacía justicia a la calidad de las obras. Todo un reto del que la protagonista de este artículo salió más que airosa.
La carrera de Xaro Castellá ha seguido vinculada al mundo artístico y a los festivales alternativos. Pero no es esa actividad -encomiable y espero que reconocida- la que le ha traído a esta página, sino una carrera fotográfica, amplia, variada y con una estrecha relación con el mundo y la iconografía de la escena pornográfica.
Las fotografías de Xaro Castellá enlazan con ese mundo estético que arranca en los años 50 y que crece con el hiperrealismo y el pop, con Hopper y Warhol, sin olvidar a Bunny Yeager, Betty Page y toda esa estética de pin-ups tan manoseada y multicopiada, pero tan pocas veces interpretada y redimensionada.
Y creo que en esa capacidad para recuperar viejos sabores -para recuperarlos y actualizarlos- reside una buena parte del valor que tiene el trabajo de esta fotógrafa. Sus imágenes beben de esas fuentes, pero tienen la proximidad de lo cercano, de lo inmediato. Fotos de ayer con (y para) gente de hoy.
Las fotografías de Xaro Castellá proponen una nueva mirada al mundo del porno y sus estrellas, un punto de vista que juega con lo ingenuo pero derivA en descarnados retratos de sus modelos (veáse el bulto bajo el pantalón de Nacho Vidal mientras riega con leche a la chica de la ducha para entender mi reflexión). Un objetivo fresco, una puesta enescena atrevida y moderna y una lectura original de la proyección erótica de los/las protagonistas son los elementos que dan forma a su trabajo.
Siempre he echado de menos un poquito de imaginación en la fotografía erótica española, generalmente -salvo honrosas excepciones- cargada de tópicos, imitaciones baratas y manifiesta vulgaridad. Por eso, creo necesario apoyar iniciativas y trabajos con punto de partida, con fundamento. Y espero, que la oferta que Xaro Castellá ha recibido para trabajar en el mundo del vídeo X le permita desarrolar todo lo que lleva dentro. Al porno español le vendría bien.